Archivo por meses: diciembre 2006

Respuesta

La corona de espinasRespecto al artículo “Castristas” se han recibido en este Blog algunas críticas que se pueden resumir en la pregunta siguiente:“¿Cómo puedes proponer que se entregue el Gobierno de la Generalidad a CiU”?

Pues bien, la argumentación en torno al binomio izquierda versus derecha sería muy correcta si no tuviera visos de ser, también, una columna de humo que pretende ocultar realidades como las siguientes:

1. El tripartito no sólo fue un fracaso que obligó a un adelanto electoral, su reedición lleva dentro una contradicción flagrante: la de formar equipo entre partidarios y contrarios al Estatuto, es decir, a la norma básica sobre la que descansa la Generalidad con todas sus instituciones.

2. Cómo obviar el hecho de que uno de los socios, aquel que tiene la doble llave de la gobernabilidad, es a) un partido independentista y contrario a la Monarquía y b) está regido por un enredador obsesionado con la identidad nacional (catalana, por supuesto). Estas “amistades peligrosas” –habrá de reconocerse- no benefician absolutamente nada al PSOE en el resto de España.

3. CiU, a través de Artur Mas (¡qué gran vendedor de corbatas ha perdido el Corte Inglés!) ofreció una legislatura “pacificadora”. Es decir, de entendimiento dentro de Cataluña y de entendimiento con el Gobierno de España. El entendimiento dentro de Cataluña hubiera significado, supongo, un gobierno sin estridencias neo-liberales y “centrado”, también, en los asuntos identitarios. Por otro lado, la muy alta abstención y la aparición del Partido de los Ciudadanos muestran una desafección con el sistema político imperante en Cataluña y una gran coalición podía significar un remedio para estos males que, por mucho que se pretendan ocultar, están ya presentes y con visos de seguir creciendo. Además, el entendimiento del nacionalismo templado con el Gobierno de España hubiera beneficiado a Zapatero.

4. Cualquier descripción de las diferencias entre catalanistas y nacionalistas sería convincente si fuera creíble, pero ¡ay!, no lo es. Salvo que Montilla lo arregle ahora (cosa que deseo fervientemente), el catalanismo realmente operante ha sido el de Rubert de Ventós (la cabeza más confusa de la galaxia) y compañía. Ese de una “Cataluña que ha definido una lengua y una cultura”, esa “Cataluña que ha modelado (?) un paisaje”, la Cataluña de los Maragall (Joan y Pasqual)… En fin, el catalanismo que obliga a los niños con lengua materna castellana a escolarizarse en otra lengua (romance, menos mal).

Esperemos que no aparezca cualquier día por ahí Carod con la corona de espinas… para colocársela a Montilla.

Breve encuentro

Marlene DietrichFue apenas hace una semana cuando lo recordé vívidamente, pese a que han pasado ya casi cuarenta años desde aquel verano y lo más curioso fue que la película que me lo trajo a la memoria ya la había visto años atrás, aunque esta vez la televisión la ofrecía en color, es decir, “coloreada” mediante técnicas informáticas cuyos entresijos se me escapan. Un sistema de ajornamento fílmico que, en su momento, hizo que los puristas pusieran –no sin razón- el grito en el cielo, y más en este caso que comento, pues el director de la cinta es Fritz Lang, el maestro germano que, cuando Joseph Goebbels le ofreció dirigir la UFA (por entonces la gran fábrica alemana de cine) esa misma noche, hizo las maletas y se largó de Alemania, huyendo para siempre del paraíso nazi. Fue, como he dicho, esa película norteamericana del director de “Metrópolis” la que hizo renacer en mi cabeza la anécdota vivida a orillas del Sena, en el anochecer de un día caluroso durante el mes de agosto de 1966.

La película es un western y se tituló en España “Encubridora”, aunque su título original en inglés en nada se parecía al que pusieron aquí, pues aquél, si no recuerdo mal, era “Notorius”. Cuesta imaginar a Lang dirigiendo una película del Oeste: cabalgadas, atracos, tiros, duelos entre buenos y malos… y una mujer fatal y estricta gobernanta que, en el fondo de su pecho, guarda un corazón sentimental y romántico, papel protagonista que Lang reservó para una compatriota suya, también huida de los nazis llevándose con ella, al otro lado del Atlántico, a quien había dirigido en Alemania su película más famosa (“El Ángel azul”), en la cual von Sternberg –tal era su apellido- la hacía exhibir sus magníficas piernas sentada sobre un barril, se ha de suponer que de cerveza. Pero, a decir verdad, más que las piernas, lo que llamaba la atención y aceleraba las pulsaciones del espectador era una parte de ellas: el espacio blanco y desnudo que limitaba al sur con unas medias negras y al norte con el corpiño al que se unían aquéllas mediante un mecanismo conocido por el mal nombre de liguero. Más joven y más rellena de lo que habría de aparecer más tarde en las pantallas, aquella vampiresa de taberna estaba, lo diré claramente, como para comérsela.

En “Encubridora” -ya lo he escrito- la actriz alemana interpretaba un personaje canalla y delincuente que con un solo gesto mantenía a raya a una pandilla de bandidos, habiéndose hecho amante del más apuesto de entre ellos, un pistolero elegante, hábil con el revólver y fiel a sus amigos que interpretaba Mel Ferrer. Un envidiado señor que convivió muchos años con otra joya, una mujer llamada Audrey Hepburn. Pero el personaje femenino de la película guarda dentro de sí un corazón piadoso y entregado, como el de la actriz que lo interpreta, de quien cuentan sus biógrafos que, cuando  volvía a su casa de Beverly Hills tras un duro día de rodaje, aún tenía tiempo de ponerse el delantal y cocinar para su amante. Durante muchos años lo fue de Jean Gabin, quien, al parecer, la sometía a todo tipo de sevicias morales. Por esa condición de mesa puesta y cama llena pasaron muchas otras personas de ambos sexos y entre ellas, según se ha escrito, una española, de nacimiento o nacionalizada, que se hacía llamar Imperio Argentina.

No tuvo suerte esta alemana ni con sus amantes ni con su única hija, María, que aún sigue por ahí soltando bilis sin piedad contra su propia madre sin que ésta pueda ya defenderse. Una madre que, por cierto, siempre la trató con demasiado mimo, haciendo de ella una malenseñada. Tampoco sus compatriotas la perdonaron nunca que apareciera por Europa después del desembarco en Normandía dando recitales, animando a las tropas norteamericanas que liberaban a los europeos del yugo que les habían puesto encima los fundadores del “Reich de los mil años”. Fue tachada de traidora en los corrillos alemanes formados por patriotas que, cuando todo el tinglado nazi se fue a tierra, aseguraban no haberse enterado de nada. Ese papel había de representarlo ella misma, con singular talento, al interpretar a una prusiana noble, casada con un militar, en la película de Stanley Kramer titulada en inglés “El juicio de Nuremberg” y que los mandamases españoles del cine rebautizaron –relativizando la cosa- como “Vencedores y vencidos”.

Una de las cartas publicadas por un periódico de Aachen (marzo de 1960) explica el ambiente creado contra ella: “¿Acaso tú, una vil y asquerosa traidora, no sientes vergüenza de pisar suelo alemán? Deberían lincharte”. Claro que también tuvo defensores, Billy Brandt en primer lugar. Quizá una carta femenina publicada entonces lo resuma mejor que cualquier discurso: “¿Quién demostró más coraje? ¿Ella, que resistió la tentación de ponerse de parte de Hitler y luchó contra él, o nosotros, que nos arrodillamos ante aquellos desgraciados líderes?”.

En la película a la que vengo refiriéndome, “Encubridora”, y en esta versión en colores, el cabello de ella resulta más oro que platino y su cuerpo se adorna, con una versatilidad sorprendente, vistiendo con la misma elegancia unos vaqueros y camisa de cuadros que escotados y enjoyados trajes negros de noche; mas, como siempre, salidas del proscenio, entre las faldas, breve y casualmente, abiertas, se nos muestran sus piernas (y nunca mejor dicho, pues se trata sólo de eso, de una muestra) en todo su esplendor.

Pero a lo que iba, fue en París, una tarde calurosa de agosto de 1966 cuando estaba yéndose el sol. Mi mujer y yo decidimos bajar a tomar la fresca cerca del río, desde la rue des Écoles, donde vivíamos en un apartamento prestado por una pareja de amigos, argelino él y española del exilio ella. Llamar “apartamento” a aquel chamizo de dos piezas y cocina, sin váter y sin baño quizá resulte exagerado. Había que salir al rellano de la escalera para alcanzar allí el inodoro, el cual, quizá para evitar que el usuario se demorase en la tarea, era de ésos llamados “de pedales”. Estábamos en Francia, donde sólo las casas de los ricos tenían entonces bidet. Para bañarnos teníamos que ir a un establecimiento público o hacerlo en la cocina, de pie sobre un barreño, salpicándolo todo de agua… pero estábamos en París, éramos felices o, al menos, eso creíamos.

Salimos a la rue des Écoles, ella con su embarazo de ocho meses que dibujaba con su fino cuerpo una curva cóncava-convexa y yo, creyéndome que la vida era pan comido. Recorrimos la distancia que separaba nuestra casa del Boulevard Saint Michael y por él bajamos, atravesando el de Saint Germain, hasta la plaza que, sobre el río, lleva el nombre del mismo Arcángel cuya figura, blandiendo su espada flamígera, adorna la fuente que allí se levanta. Tomamos hacia la izquierda por la ribera del Sena y, pronto, encontramos unos veladores libres sobre una acera estrecha. Para no impedir totalmente el paso a los viandantes, las mesas eran diminutas y las sillas estaban colocadas no en derredor de las mesas, sino en fila y sus respaldos pegados a la pared del edificio. Allí nos sentamos y pedimos dos demis de cerveza.

El París bullicioso y paseante debía de estar de vacaciones, pues por aquella rive gauche sólo pasaban, de vez en cuando, algunos peatones cansinos, generalmente turistas. Ya se había hecho de noche. Sólo la luz de las escasas y tacañas farolas iluminaba el lugar y, pese a ello, en un momento dado, mirando hacia mi izquierda, distinguí, cien metros más allá, a una mujer solitaria cuya cabellera rubia contrastaba con su vestido (falda y camisa negras) y que venía por la acera frontera a la nuestra. A pesar de la distancia tuve la seguridad de era ella y así se lo dije a mi mujer que, incrédula, me embromó: “Naturalmente, y ahora vendrá y se sentará a tu lado”, me dijo, zumbona. La mujer rubia siguió su paso y de pronto, cuando ya se encontraba a unos diez metros de nosotros, cruzó la calle y, en efecto, se sentó a mi lado… y cruzó las piernas, antes de pedir al solícito camarero que acudió enseguida: “Un vin blanc froid”.

La rodilla de su pierna derecha, que había encabalgado sobre la izquierda, quedó, literalmente, al alcance de mi mano y si el tacto no tuvo conocimiento de aquella maravilla la vista sí, y ésta no se detuvo en la rodilla sino que amplió su radio de acción a las hermosas pantorrillas y también, aunque más furtivamente, a sus manos y a su rostro afilado de dotados pómulos y de boca tan huidiza como sugerente.

Aquellos minutos pasaron muy rápidos. Yo hubiera estado allí toda la noche, dándole cuerda a mi imaginación, pero el reloj de mi esposa puso punto final al encantamiento. “Ya es hora de ir al Restaurant Universitaire, que cierra a las nueve y media”, dijo. Pagué y nos levantamos, pero entonces, venciendo la timidez que con tanta frecuencia me atenaza, me volví hacia la actriz para decirle: “Bonne soir, Madame Dietrich”. Ella levantó la mirada hacia mí y, sonriendo, con aquella voz aguardentosa, contestó: “Bonne soir, jeune homme”.

Nota: María Magdalena, segunda hija de Louis Dietrich y Elisabet Felsing, nació en Berlín el 27 de diciembre de 1901 y murió en París, en la soledad que había elegido para los últimos años de su vida, un día de mayo de 1992. Su última aparición en una película (“Gigolo”) tuvo lugar en 1978.

El fútbol español como paradigma

Michel y ValderramaNo sé si quienes inventaron el balompié moderno idearon una metáfora de la guerra o si, simplemente, aquellos británicos crearon el deporte, tal como lo conocemos hoy, con el objeto de entrenar a la juventud victoriana en la lucha militar en pro de su imperio. Naturalmente, prefiero la primera hipótesis, pues me permite admirar la inteligencia de aquellos ingleses. Orientar las pulsiones agresivas, “engañándolas” mediante todo tipo signos identitarios (banderas, himnos, uniformes… colores) para conducirlas no a la lucha sangrienta sino al triunfo incruento es -bajo esta hipótesis amable para con tales inventores- una genialidad humanitaria, filantrópica.

Claro que -soy consciente- la hipótesis se resiente al contemplar a hinchas, barras bravas, hooligans y otros animales cuando se agavillan en torno al fútbol para producir todo tipo de destrozos físicos y morales. Un populacho que en su debilidad mental se toma la metáfora como si no lo fuera y, confundiendo el culo con las témporas, cree estar en medio de una guerra y ataca al enemigo, saliendo de la propia trinchera con el hígado herido por el alcohol y la cabeza tan vacía como desorientada.

Los torneos medievales pretendían reducir la lucha sin cuartel a una “justa” en la que los nobles caballeros se atenían a unas reglas prefijadas, pero aquello tenía más de circo romano que de encuentro deportivo. El deporte moderno no es de élites sino de masas y son éstas, las masas, quienes, de entre sus filas, suministran las élites, los superdotados deportistas que hacen vibrar al público. Es fácil percibir en ese sentimiento masivo la admiración ante la superación de la dificultad, la loa a la excelencia, el reconocimiento del talento y también la identificación con “nuestros” colores. Y entre todos los deportes de equipo (porque es en equipo como, de verdad, se defienden “nuestros” colores) descolla el fútbol, al menos, en Europa, África y buena parte de América. ¿Por qué?

No se trata, a mi juicio, de un fenómeno de psicología ignota y profunda, sino, pura y simplemente, de oportunidad. Quiero decir que el fútbol es un deporte-juego que produce más fácilmente que otros los incentivos que ha de tener todo gran espectáculo. A saber: 1) Admiración ante la dificultad superada, es decir, ante la perfección y 2) Emoción.

  1. Dificultad: El fútbol es un juego de pelota que se realiza, básicamente, con los pies. De pelota, es decir, que pertenece a la clase más atractiva y extendida de los deportes (tenis, golf, billar, baloncesto, balonmano, balonvolea, jockey, cricket, polo, waterpolo, etc., etc.) y, además, con los pies, es decir, sin utilizar (excepto el portero y el saque de banda) las manos, lo que añade serias dificultades al aprendizaje y al manejo. La perfección y la precisión con la que mueven la pelota (con las manos) los buenos jugadores de basket no las pueden alcanzar los futbolistas, pero éstos dominan el espacio-largo con una perfección a la que no pueden aspirar los del basket. Dominio del espacio-largo, el del fútbol, que sólo es superado por los buenos golfistas, aunque el golfista domina un espacio-largo estático, mientras que el futbolista se enfrenta con un espacio-largo en movimiento (se mueve el jugador que mueve la pelota, se mueven sus compañeros de equipo y se mueven los adversarios), lo cual añade a las propias las dificultades del billar. Quienes, al oír expresarse torpemente a algunos futbolistas en la radio o en la televisión, concluyen que es un juego donde triunfan patanes sin un átomo de inteligencia, no saben lo que dicen. Todo deportista de élite posee un talento superior. Las facultades físicas ayudan (músculos, pulmones, reflejos, un buen hígado para vencer la fatiga… ) pero eso de poco vale sin la inteligencia, es decir, sin una notable capacidad para adecuar los medios a los fines. Todo lo bello es muestra del mejor talento humano y el fútbol, el buen fútbol, es bello.
  2. Emoción. La emoción en el fútbol es el resultado de todos los lances del juego y especialmente se deriva de la incertidumbre y de la escasez de goles. El fútbol, mucho más que la inmensa mayoría de deportes, está lleno de incertidumbre. Tan es así que, con frecuencia, un equipo de indudable menor calidad vence a otro con futbolistas fichados por cantidades hipermillonarias. A esa incertidumbre colaboran en gran medida las reglas y sus intérpretes, los árbitros. Un deporte que ha consagrado la regla del “fuera de juego” ha renegado de la sencillez (en las reglas y, sobre todo, en su interpretación). Intentemos definir la falta llamada “fuera de juego” (off side), que consiste en penalizar no una acción, sino una posición. Esta falta se sanciona cuando, en el momento en que el jugador A toca la pelota, entre el jugador B de su mismo equipo –a quien va destinada y estando B más allá de la línea que divide los dos campos- y la puerta contraria hay menos de dos jugadores adversarios. Cualquiera que sin saber algo de fútbol lea esta definición la calificará de galimatías, y lo es, pero lo más grave no está en la definición de la falta llamada “fuera de juego”, sino que aplicar la norma exige que el árbitro (en este caso el juez de línea) mire simultáneamente hacia dos puntos: el pie con el que el jugador A está golpeando la pelota y la posición del jugador B. Puntos que, con frecuencia, distan entre sí cuarenta o cincuenta metros. Como es sabido, el cerebro humano no está en condiciones de discernir en tales casos con una mínima precisión los mensajes que recibe a través del nervio óptico. Esto lo sabían quienes hicieron la norma y lo saben quienes la mantienen. Se puede deducir de esta aparente contumacia que lo que se desea es que los árbitros se equivoquen… y, en efecto, éstos lo hacen muy a menudo. De hecho, la mayor parte de los fuera de juego que se pitan no lo son. Vamos, que, normalmente, los jueces se equivocan en contra del equipo que ataca, reduciendo así el número de goles que se marcan. Y ya se sabe: número de goles y emoción mantienen una relación inversamente profesional.

En efecto, los árbitros juegan en el fútbol un doble papel: El de creadores de incertidumbre y el de chivo expiatorio. Las arbitrariedades de los árbitros no se pretenden atemperar a base de normas fáciles o interpretaciones solventes (utilización de vídeos, por ejemplo) sino que se pretende todo lo contrario: exacerbarlas. Así, por ejemplo, el sistema de tarjetas, introducido hace pocos años, no hace otra cosa que aumentar las probabilidades de cometer arbitrariedades. Y éstas, las arbitrariedades, incrementan la incertidumbre y colocan a los árbitros frente a las iras del público, ejerciendo el difícil papel de pararrayos que los dioses atribuyeron a los chivos expiatorios. Además, con frecuencia, en los grandes campeonatos, esas arbitrariedades, convenientemente orientadas por las autoridades (esa cosa nostra que maneja los grandes hilos del fútbol), sirven a la gran política futbolística. Pondré sólo un ejemplo: durante los últimos campeonatos mundiales (2002) celebrados en Corea y Japón, las selecciones de Italia y España fueron eliminadas mediante descarados “errores” arbitrales que, casualmente, beneficiaron a equipos como Corea, organizadora del campeonato. ¿Por qué? La intención no era tanto perjudicar a Italia y España como beneficiar al fútbol asiático, continente en el cual el espectáculo futbolístico se halla en plena expansión. Claro que esta manipulación “coreana” se queda en un delito de robaperas si se compara con lo que ocurrió en el Campeonato del Mundo celebrado en Italia en 1934. Allí –ahora lo sabemos- Benito Mussolini se encargó personalmente de comprar, de corromper, al árbitro sueco que dirigió la semifinal entre Italia y Austria y también la final –entre Italia y Checoslovaquia-. En ambos encuentros el mismo árbitro le dio descaradamente la victoria a la squadra Azzurra, que recibió el trofeo “robado” de las mismas manos de las que había salido el dinero para comprar al árbitro, es decir, de las manos de Il Duce.A la emoción colabora de manera determinante –ya lo he dicho- la escasez de goles. Un partido en el cual a los diez minutos de juego uno de los equipos haya marcado seis goles y el otro ninguno pierde emoción, aunque no quede exento de belleza. Sin embargo, la ausencia total de éxitos durante un encuentro, es decir, los empates a cero tantos, no suelen gustar a los espectadores, que echan de menos la llamada salsa del fútbol. Pero, como es sabido, la salsa no debe tomarse en grandes cantidades sino en pequeñas dosis.El fútbol tuvo siempre vocación de gran espectáculo y, como he intentado explicar, contaba con elementos para conseguirlo: perfección, emoción… pero le faltaba al nasciturus un elemento: la pasión, y ésa sólo podía ponérsela el público. La pasión de la identificación colectiva, la única pasión (aparte de la amorosa) por la que el personal está dispuesto a matar y a morir (siempre más a lo primero que a lo segundo).

En España, la pasión que desata un Betis-Sevilla tiene regustos localistas, olor a odios de vecindario, a dreas infantiles, pero un enfrentamiento entre el Real Madrid y el Barça (que, como todo el mundo sabe, es más que un club) desata pasiones que huelen a política. Política de campanario, es cierto, pero política al fin.

Para los defensores del Fútbol Club Barcelona, el Real Madrid sigue siendo el “equipo del régimen” (franquista), mientras que se reservan para ellos mismos el papel de resistentes, aunque si uno se detiene a mirar al personal que ocupa sendos palcos presidenciales, las conclusiones pueden ser muy diferentes. El del Real Madrid suele estar plagado de gente económicamente muy solvente (quiero decir de multimillonarios), mientras que en el del Barça hay menos euros por metro cuadrado y muchos más políticos que acuden allí no tanto para hacerse la foto sino –creo yo- para bañarse en el Jordán de la identidad colectiva. Porque, en contra del tópico, Madrid se ha hecho emprendedora y realista (de la realidad, no del Real), mientras que Barcelona, en manos de políticos cuyo único objetivo es la identidad –diz que nacional-, se ha hecho romántica y funcionarial. Una Barcelona que sólo aspira ya a la subvención y a mirarse el ombligo… y a que se lo miren los demás. Una Barcelona que se expresa tan solo en catalán, a la que parece quedarle como única esperanza de cosmopolitismo precisamente el Barça. Por eso ganan ligas y otros campeonatos, porque la catalanidad endogámica y ramplona impuesta por CiU y que todos los demás políticos catalanes siguen como corderos ya no puede aspirar a otra cosa.

El fútbol español se ha convertido –y no sólo en Cataluña- en otra metáfora, en el paradigma de la “España Plural” que predica Rodríguez Zapatero. En una desatada identificación local (o regional, o nacional, qué más da) que no hay por dónde cogerla, pues se necesita mucha capacidad de abstracción para entender que mientras Ronaldo (ahora en el Real Madrid) representa el centralismo castellano, su primo Ronaldinho representa la nueva Cataluña convertida en Nación y, por tanto, aspirante a la independencia soberana: “¡Freedom for Catalonia!”, eso escriben sobre sus pancartas en el Camp Nou, de vez en cuando, los jóvenes nacionalistas.

En estos juegos identitarios que, por serlo, son “juegos peligrosos”, hay en el fútbol español un club que no cree en la transferencia sentimental, aquella que sostiene –y sostiene con éxito- que da igual de qué color o nacionalidad sean los futbolistas, que lo relevante es la camiseta con la que se vistan y es sobre esos colores, y sólo sobre ellos, donde se fija la atención de público identificado con el club. Vamos, que la atracción fatal de todas las pulsiones identitarias está en los colores y, como les ocurre a los toros de lidia con la muleta del torero, los hinchas no ven otra cosa.

Pues bien, los del Athletic de Bilbao piensan que eso no basta y negándose a cualquier transferencia sentimental exigen a quienes se enfundan en la camiseta rojiblanca que sean vascos. Mas para el Athletic de Bilbao, como para los etnicistas seguidores de Sabino Arana, el fundador del PNV, no es vasco cualquiera que viva o trabaje en Euskadi, ni siquiera quien haya nacido en aquellas tierras, pues “un burro que nace en un palomar no por eso es paloma”. Es vasco quien es vasco. (Una tautología que ni los nacionalistas pueden aclarar, pues, aunque no lo digan, para ellos sólo es vasco quien sigue el ideario nacionalista). Pero de la interpretación que de esta creencia hace en la práctica el Athletic puede deducirse que es vasco quien haya nacido en Euskalherría (lo que incluye Navarra y un trocito de Francia) y tenga algún pedigree euskaldún, o bien los nacidos fuera de ese impreciso territorio pero con un pedigree indubitable. Pondré dos ejemplos de no vascos y por lo tanto no fichables por el Athletic. Uno, Pereda, un magnífico futbolista hecho en los equipos vizcaínos, que realizó su carrera deportiva en la delantera del Barça y en la Selección española. Fue rechazado por el Athletic por llamarse como se llamaba y haber nacido en la provincia de Burgos (sus padres emigraron siendo él un bebé). Otro, este sí, nacido en Vizcaya, de una familia acaudalada… Este futbolista, finísimo delantero, se apellidaba Jones, pero tenía un defecto: era negro (español de origen guineano). Lo cual no le impidió, claro está, triunfar en el Atlético de Madrid.

Esta política etnicista del Athletic de Bilbao (un club fundado por ingleses) tiene un efecto curioso y perverso para los etnicistas: es el único equipo de la primera división en el que todos sus futbolistas son españoles, aunque, muy de tarde en tarde, aparezca en sus filas algún vasco con pasaporte francés.

Y mientras muchos clubes españoles se gastan dinerales en fichajes foráneos, la selección nacional arrastra una vida lánguida y sin brillo. Muchos lo atribuyen, precisamente, a esa presencia masiva de extranjeros en la Liga española, pero no es fácil demostrar esta hipótesis. En cualquier caso, sí es verdad que la selección de fútbol tiene un palmarés muy pobre, especialmente en los campeonatos mundiales, donde su mejor clasificación es un cuarto puesto y se remonta a 1950 (Brasil). Pero aquel campeonato de 1950 –que acabó ganando Uruguay en una final contra Brasil en Maracaná, lo cual constituyó una auténtica humillación nacional- se recuerda con aires heroicos en España, no tanto por la clasificación final, al fin y al cabo mediocre, sino porque en aquel campeonato España consiguió derrotar a Inglaterra (la “pérfida Albión”, dijeron los falangistas entonces) con un gol, precisamente, de un vasco: Telmo Zarraonaindía, “Zarra”, que vengaba así, en nombre de España, la derrota y muerte sufrida por otro vasco –también en defensa de España contra Inglaterra- en el golfo de Trafalgar y en 1805, la del marino Damián Churruca.

De hecho, el único campeonato que puede exhibir en sus vitrinas la selección española es un Europeo (1964) ganado en una final contra la URSS jugada en Madrid bajo la presidencia del General-Ísimo. Por cierto, con otro gol heroico –esta vez de cabeza- del que fue autor un delantero del Real Zaragoza llamado Marcelino, como el actual Presidente de Aragón, a quien según algún autor, seguramente apócrifo, sus padres le pusieron tan proustiano nombre en honor del citado futbolista.

Pero el fútbol es también un fiel reflejo de la economía española. Ya desde antes, pero más a partir de que el Gobierno de Felipe González convirtió a casi todos los clubes de fútbol en sociedades anónimas (sólo el Real Madrid y el Club de Fútbol Barcelona fueron eximidos de esa reconversión), el porcentaje de presidentes de clubes que dicen trabajar en el ramo de la construcción es apabullante. En otras palabras: la inmensa mayoría de quienes hoy presiden clubes de fútbol en España son empresarios de esa rama, autoproclamándose “operadores del suelo”, es decir -en roman paladino-, especuladores. Y es un paradigma económico porque esta rama productiva, la construcción, es el gran negocio nacional, el gran motor de la economía española. Un motor que utiliza como gasolina el urbanismo y el paisaje, destruyéndolos en beneficio de una nueva oligarquía, la del ladrillo, sin que ese motor, que produce casas como churros, sirva para dotar de una vivienda digna a nadie que la necesite. Así, millones y millones de jóvenes españoles no pueden aspirar a tener casa propia (o en alquiler) pese a los bajos tipos de interés todavía reinantes. Eso sí, según el último censo (2001) más de cinco millones de viviendas estaban vacías en España. Esa es la élite que manda en el fútbol (y en España), la de los especuladores, que, naturalmente, con el tiempo y en vista del éxito tiende a diversificar el negocio y no es raro encontrarse –como hace pocos meses- con una constructora (Sacyr) que inició una Opa hostil contra un gran banco (el BBVA) y, lo más chocante del caso es que fue una Opa que fracasó, pero resultó ser un gran negocio para la constructora. Opa que fue auspiciada y mangoneada desde los aledaños del Gobierno socialista. “Cosas veredes, amigo Sancho”.

Pero en esto del fútbol, a menudo las cosas no les salen tan bien a los empresarios-presidentes que, pese a los éxitos obtenidos en el negocio de terrenos, al pasar al terreno de juego cosechan sonoros fracasos deportivos. Tal ha sido el caso del más notorio y rico de entre los clubes españoles: el Real Madrid, y de su presidente, Florentino Pérez, recién dimitido de su cargo cuando esto escribo. Es una historia, quizá no muy edificante, pero sí es significativa y, en cualquier caso, un fracaso así siempre resulta alentador para las gentes del común, pues pone en evidencia que “los ricos también lloran”. Voy a ella.

Cualquier análisis contable nos lleva a la conclusión de que hoy el espectáculo del fútbol, como tantos otros, se sostiene gracias a la televisión, pero el Real Madrid siempre pensó que, aparte del patrimonio deportivo, tenía un patrimonio real en la ciudad deportiva, situada al norte de capital, en pleno espacio urbano. El terreno sobre el que había edificado el Real Madrid sus instalaciones deportivas (entonces en las afueras) había sido regalado por el Gobierno de Franco, supongo que en un gesto generoso que pretendía pagar “los servicios prestados por el club como embajador de España”.

Uno tras otro, todos los presidentes del Real Madrid a partir de los años ochenta intentaron obtener de las autoridades madrileñas una recalificación que transformara aquel terreno de dotacional en edificable. Todos lo intentaron pero ninguno consiguió convencer a los políticos de la bondad de una operación urbanística que colmataría de forma brutal una zona de por sí ya muy densamente edificada, justo detrás de las torres inclinadas de Kio (Plaza de Castilla) y muy cerca de unos terrenos de RENFE recalificados como edificables (Chamartín) y con el proceso de urbanización en marcha. Pues bien, lo que nadie había conseguido lo consiguió Florentino Pérez con una habilidad sorprendente. Veámoslo.

Pérez, un talentoso Ingeniero de Caminos, había comenzado su andadura política en la UCD y a él se debe –entre otras cosas- el Plan de Saneamiento Integral de Madrid, que él diseñó, aunque fueran otros (los socialistas) quienes lo llevarían a cabo, pero siguiendo el proyecto que Pérez y su equipo habían realizado durante el corto mandato como Alcalde de José Luis Álvarez. Éste, Álvarez, y su equipo, entre ellos Florentino Pérez y José María Álvarez del Manzano, perdieron por pocos votos -frente a los socialistas y comunistas coligados- las primeras elecciones municipales celebradas en Madrid (1979) después de la dictadura. Tras la desaparición de UCD y de intentar otra operación política, imaginativa pero perdedora, con Miguel Roca como eje, Florentino Pérez abandonó la política y puso su indudable talento a trabajar en un proyecto empresarial que, de la nada, concluyó en un éxito rotundo. Fue bajo estas condiciones de solvencia económica y prestigio social como Florentino Pérez ganó las elecciones para la Presidencia del Real Madrid (al segundo intento, pues en el primero había sido derrotado por Ramón Mendoza) y se dispuso a “poner en valor” la Ciudad Deportiva para alimentar un ambicioso proyecto consistente en traerse a la Casa Blanca a los más punteros futbolistas de Europa, empezando por Luis Figo (arrebatado al Barça, con el lógico enfado), Ronaldo, Zidane, Beckham…

Pero antes tenía que resolver el problema de la recalificación y Florentino Pérez lo hizo con la suavidad y la eficacia de un supositorio dorado. Y no precisamente torciendo la mano de sus amigos: Álvarez del Manzano (Alcalde) y Ruiz-Gallardón (Presidente de la Comunidad), sino que éstos se vieron “forzados” a conceder, no a Florentino Pérez, sino a todas las fuerzas vivas –empezando por los sindicatos, siguiendo por Izquierda Unida y pasando por la Federación de Asociaciones de Vecinos- que, más que pedir, exigían a las autoridades que declararan edificable el terreno de aquella ciudad deportiva en pro de un club “que es santo y seña de esta gran villa”. Y claro, las autoridades no tuvieron más remedio que conceder lo que sus súbditos solicitaban con tanto empeño y tan justas razones.

Teniendo en cuenta que hasta entonces tanto las Asociaciones de Vecinos como los sindicatos (UGT y CCOO), así como IU, se habían mostrado muy estrictos en la defensa de un urbanismo racional y democrático, cosa que está a años luz de lo que ellos mismos apoyaron en beneficio del Real Madrid, cabe preguntarse: ¿cómo se produjo el milagro? Un milagro que transformó el agua clara de las tradicionales ideas de la izquierda respecto a la especulación inmobiliaria en vino de la mejor añada en cuanto a la colmatación urbana se refiere. La caída del caballo de esa sedicente izquierda (antes marxista-leninista, ahora marxista-ladrillista) fue, desde luego, no tan sonada, pero más profunda que la de Saulo camino de Damasco y la capacidad de persuasión de Florentino debió de mejorar a la de Cristo cuando éste hablaba al futuro San Pablo. Persuasión, ésa es la palabra, aunque haya por ahí maledicentes que señalan con el dedo las parcelas que en los distintos PAUS (Planes de Acción Urbanística) fueron a parar a manos de UGT, de CCOO y de los líderes vecinales, así como a las de IU, pero eso son maledicencias, porque de ser ciertas esas coimas, la prensa española, siempre dispuesta a la justa denuncia y a la persecución de los desmanes, lo hubiera publicado y denunciado a bombo y platillo. Y si no lo hizo sería porque todas esas aparentes evidencias sólo eran (y son) rumores sin ningún fundamento.

He escrito más arriba que todas las fuerzas vivas se sumaron a la petición para recalificar los terrenos de la Ciudad Deportiva y eso no es toda la verdad, pues hubo un grupo político en el Ayuntamiento de Madrid, el PSOE, que se opuso y lo hizo saber por boca de su entonces portavoz de Urbanismo, Matilde Fernández. Esta mujer predicó durante largos meses las razones, poco originales pero muy contundentes, avaladas por el urbanismo tradicional (de Cerdá y Arturo Soria a la Carta de Atenas), que desaconsejaban la edificación, en lo alto de la Castellana y pegadas a uno de los grandes hospitales, de unas cuantas torres colmatantes, por mucho que la buena salud económica de un club de fútbol lo demandara y aunque ese club fuera el Real Madrid.

Pero dichas razones no convencieron a UGT ni a CCOO ni a los sedicentes vecinos asociados y mucho menos a los grandes gurús de la comunicación. Tan fue así que una poderosa cadena de radio vetó en sus emisoras la presencia de Matilde Fernández, privando a los oyentes de su voz. El censor se llamaba –y se llama- Antonio García Ferreras y era a la sazón uno de los directivos de la SER. Durante todo el proceso recalificatorio fue política de esa cadena, tanto en sus secciones deportivas como en las llamadas “informativas”, apoyar las justas demandas que solicitaban la recalificación de los terrenos que el Real Madrid había heredado ab intestato de Francisco Franco, pero lo más sorprendente del caso había de llegar poco después.

Cuando la recalificación se consumó y los madrileños estuvieron informados de que su villa estaba dispuesta a emular con ventaja a otra, también castellana, denominada “Madrigal de las Altas Torres”, con el “proyecto Florentino” lanzado ya a su velocidad de crucero, entonces el Presidente del Real Madrid anunció el fichaje como jefe de comunicación de aquella entidad deportiva, con un sueldo multimillonario, de un acreditado profesional. ¿De quién se trataba? Naturalmente, de Antonio García Ferreras. Lo cual también resulta ser paradigmático. Ejemplo de las relaciones entre algunos periodistas, el dinero y el poder y también lo es de los códigos deontológicos bajo los cuales trabajan los profesionales del periodismo en España. Códigos éticos que, como habrá adivinado el paciente lector, brillan por su ausencia.

Con estos antecedentes, casi todo el mundo había descontado el éxito deportivo, pero cuando esto escribo han pasado tan solo siete días desde la dimisión de Florentino Pérez como Presidente del Real Madrid, cerrándose así, desde el punto de vista deportivo, un ciclo mediocre para el club. En el momento de la dimisión, el Real Madrid había sido eliminado de la Liga europea de campeones por el Arsenal británico, a quien fue incapaz de marcar un solo tanto en los dos partidos de la eliminatoria. Eliminado, también, de la Copa del Rey ante un humilde Real Zaragoza después de un resultado humillante en la ciudad del Ebro. En fin, a más de diez puntos del Fútbol Club Barcelona en la Liga española, perdida ya una temporada más. ¿Cómo se explica esta decepción?

A mi juicio, este fiasco es, también él, un paradigma de la post -modernidad, de la era de la imagen, que se empeña en sostener que lo importante no es el ser, sino el parecer. Por eso se ficharon futbolistas que estaban en la cumbre, mas parece mentira que un Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, como es Florentino Pérez, no haya tenido en cuenta que “la cumbre” es, por definición, un máximo (primera derivada igual a cero) y desde allí no puede ocurrir otra cosa que caer, descender, decrecer: segunda derivada negativa. Y los futbolistas que ayer mismo eran el asombro del mundo, hoy comienzan a mostrar su decadencia. Y mientras tanto se despreciaron jóvenes como el camerunés Etoo –hoy en el Barça y máximo goleador de la Liga- o se despachó al francés Makelele -posiblemente el centrocampista defensivo más eficiente del mundo-.

También el desfile de entrenadores ha sido tan espectacular como decepcionante. La cosa comenzó con un capricho, el de cesar a Vicente del Bosque, con quien se acababa de ganar una liga. La razón que adujeron para justificar el cese lo dice todo: “La imagen de Vicente del Bosque no cuadra con la que quiere tener el Real Madrid”, eso dijeron… y desde entonces no se han producido otra cosa que fracasos pero, todo hay que decirlo, los entrenadores que han desfilado por el banquillo del estadio Bernabéu tras la salida de Vicente del Bosque lucían, todos ellos, tenues de muy buen corte y corbatas de Versace.

Un paseo por la España plural

BramanteLa Academia de España en Roma se aloja en lo que, en tiempos lejanos, fue un convento aledaño a la Iglesia de San Pietro in Montorio. Templo edificado, a su vez, en el lugar sobre el cual, según la tradición, fue crucificado San Pedro. Una colina en cuya falda, cerca del río, se halla el populoso y popular barrio del Trastevere. Allí, en la colina y al lado de la iglesia, dentro del patio del edificio en el que está hoy la Academia de España, Fernando, el Católico, encargó al arquitecto Bramante el diseño y la edificación de un tempietto. La fama que hoy tiene ese pequeño edificio le viene dada, sobre todo, porque en él ensayó Bramante la cúpula que más tarde se colocaría en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, lugar que no está muy lejos del templete encargado por el rey aragonés a finales del siglo XV.

Bramante se llamaba en realidad Donato d’Agnolo y había nacido cerca de Urbino en 1444. Luego trabajó como pintor y como arquitecto en Milán antes de trasladarse a Roma en 1499, precisamente a instancias del Rey español. En Roma moriría –en 1514- dejando hechos los planos de la Basílica de San Pedro, que él no vería terminada. Aunque la obra pasó a buenas manos, las de Miguel Ángel Buonarroti.

En fin, invitado por la Academia Española en Roma, estaba yo una tarde de la última Semana Santa oyendo las explicaciones acerca del tempietto que nos daba a cuatro o cinco amigos el Secretario de la citada Academia, en un momento dado, él estaba glosando una inscripción que hay en el altar subterráneo del tempietto. En esta inscripción, entre otras cosas, se lee:

FERDINAND * HISPANIAE * REX
ET HELISABE * REGINA *
1502

El Secretario de la Academia, que es historiador de profesión, llamaba nuestra atención acerca de cómo Fernando de Aragón había querido que se inscribiera sobre la piedra su condición de Rey de España. Mientras nuestro amigo hablaba, alrededor de nosotros pululaba una docena de turistas, desentendidos de las explicaciones que estábamos recibiendo… cuando, de pronto, una mujer, que ya no cumpliría los cuarenta, se encaró a nuestro improvisado guía y con airados modos y en un castellano con perceptible acento catalán le espetó:

-Eso de que Fernando de Aragón era Rey de España se lo acaba de inventar usted.

-Señora, lea usted la inscripción –replicó, tan sorprendido como herido, el hombre.

La discusión continuó unos largos minutos y se la ahorraré a ustedes, pero yo saqué en limpio de aquella pelea dialéctica que la mujer no podía aceptar el hecho de que España haya existido jamás como entidad jurídica, política, social… Para ella, España era una creación de Francisco Franco, una entelequia que habían “inventado los fachas” en el segundo tercio del siglo XX.

Convengamos que España como entidad diferenciada, aunque variable a través de la Historia, no es una palabra vacía que emplearon primero los fenicios y luego los romanos para denotar tan solo un territorio poblado por conejos (al parece, la palabra España significa precisamente eso: tierra de conejos). El problema en el caso de España, o, si se quiere, en el caso de la nación española, ha consistido, simplemente, en que los liberales del siglo XIX, que fueron los creadores del concepto “nación” tal y como lo entendemos hoy, tenían detrás una burguesía más bien corta de dinero y de impulso y corta, también, de alcances ideológicos. Una burguesía que estaba presa, en buena medida, de unas ideas retrógradas y clericales. De ahí, de esa relativa impotencia económica y política, de esa debilidad, nacerían, a finales del siglo XIX, los nacionalismos periféricos. En primer lugar, el catalán, pero también el vasco. Reivindicaciones identitarias que muchos años después consiguieron, por primera vez, una expresión jurídico-política durante la II República. Estatutos de Autonomía que se frustraron, como se frustró toda la estructura institucional republicana, con la guerra civil y la derrota, pronto hará setenta años de ello.

España es, seguramente, el único entre los viejos países europeos en el que se sigue discutiendo sobre “la realidad nacional”, sobre el ser de España y otras esencias. Un país, el nuestro, en el cual algunos ponen en tela de juicio la vigencia de términos constitucionales como “unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles” (artículo 2 de la Constitución) o “Todos los españoles tienen el deber de conocerla [la lengua española] y el derecho a usarla” (artículo 3).

Mas, sea como sea, todos tenemos una idea de España, también la tienen los nacionalistas. Para una persona de izquierdas, como soy yo, España no es un mito construido a base de una Historia manipulada. Por eso no creo que Viriato fuera un defensor de la “independencia” de España, porque tal personaje jamás hubiera entendido esa expresión. Tampoco creo que el Cid luchara por España, siendo, como era, un “vasallo a soldada” del rey mahometano de Zaragoza. Tampoco acepto el discurso según el cual la “unidad de España” la forjaron los Reyes Católicos, Carlos V o su hijo Felipe II, que se dedicaron –y con éxito- a acumular, como tantos monarcas de su época, la mayor cantidad posible de territorios y de súbditos bajo sus coronas. Pero tampoco creo –como parecen creer los nacionalistas- que España sea un invento de Franco y que la lengua española se hable y se escriba por esas tierras sólo porque aquel general la impusiera como “lengua del imperio” en Cataluña, el País Vasco o Galicia. Pero que yo no crea en mitos no quiere decir que no me sienta español, que no tenga un sentimiento de identidad española. Y si la palabra patria tiene algún sentido –y yo creo que sí lo tiene- considero que España es mi patria. Son estas ideas -que comparto con muchísimos españoles- las que puedo expresar en voz alta aquí y acullá, sin que alguien me llame a capítulo o ni siquiera se sorprenda.

Nadie se extrañará, por tanto, si afirmo no creer en los mitos catalanes que se han inventado los nacionalistas: Cataluña nunca ha existido como unidad política independiente. Era un Principado o conjunto de condados dentro de otra estructura: la Corona de Aragón. La mayor parte del glorioso pasado de Cataluña al que aluden los nacionalistas se integra en el marco de España y las guerras de 1640-1653 ó 1700-1714 no fueron guerras “nacionales” sino conflictos armados entre oligarquías con un apoyo popular más bien escaso. En fin, tampoco la guerra civil (1936-1939) lo fue “entre Madrid y Cataluña”.

Lo que no sé es si la negación de estos mitos nacionalistas la podría yo expresar libremente en Cataluña sin levantar protestas o algo peor. Y digo esto último porque el texto aprobado por el Parlamento de Cataluña el 30 de septiembre de 2005 con el apoyo –no lo olvidemos- del 90% de los diputados es un dechado de grandilocuencia nacionalista. Una retórica mítica que impregna todo el articulado del proyecto. “Todo él está, en efecto, recorrido por un lenguaje y una visión del mundo propios del nacionalismo más clásico” (José Álvarez Junco, Claves. Marzo de 2006). Además, el texto estatutario del 30 de septiembre no se presentaba redactado por un Parlamento, sino por la mismísima Cataluña. Una Cataluña que, según dicho texto, “ha definido una lengua y una cultura”. Una Cataluña que “ha modelado un paisaje”. Una Cataluña idéntica a sí misma, a-histórica, esencial, siempre agraviada por España, en nombre de la cual se justifica la preeminencia de la lengua catalana, la bilateralidad respecto al Estado o la eliminación de cualquier presencia del Estado en aquel territorio.

Es evidente que el texto salido de las Cortes Españolas y que ha sido sometido a referéndum el 18 de junio de 2006 no es el mismo que fue aprobado en el Parlamento de Cataluña (los cambios han afectado a casi centenar y medio de artículos), habiéndose enmendado a la baja núcleos sustanciales del proyecto. Pero la distancia entre el proyecto y la Constitución era tan grande que “aquella distancia iba a dejar muy escorado hacia el confederalismo y el debilitamiento de la cohesión territorial el punto posible del consenso… lo que ha convertido, objetivamente, la gresca estatutaria en una costosísima guerra de desgaste del sistema” (Profesor Roberto L. Blanco Valdés. Mayo de 2006).

Pero bajemos al terreno político, comenzando por el propio texto constitucional.

La Constitución Española de 1978, aparte de un texto jurídico-político, es también el resultado de un acuerdo entre derecha e izquierda, entre nacionalistas y no-nacionalistas, entre laicistas y religiosos, etc., etc. Es pues, un pacto entre distintos y distantes en beneficio de la convivencia. También representa un conjunto de reglas del juego. El pacto constitucional creaba también nacionalidades y regiones con derecho a sus respectivas autonomías políticas. Pero como pacto entre partes diversas, el de la Constitución sólo puede ser sustituida por otro pacto. En cualquier caso, todo cambio en las reglas del juego debe ir precedido de un acuerdo, lo cual suele implicar un toma y daca.

La Constitución representó también muchas renuncias políticas. Por ejemplo, la izquierda abandonó el maximalismo revolucionario a cambio de que la derecha desmantelara la dictadura. Pero no parece haber ocurrido lo mismo en el campo del nacionalismo, en el de sus aspiraciones de “autodeterminación” o “independencia”… y no estoy pensando ni sólo ni principalmente en los de ETA. De hecho, han sido los nacionalistas los únicos que no han renunciado a sus pretensiones, a sus programas máximos, desde el inicio de la transición hasta hoy. Y no sólo eso, parece que han conseguido infiltrar sus ideas en otros, al menos en Cataluña, como demuestra el amplio apoyo conseguido por el proyecto de Nuevo Estatuto el 30 septiembre de 2005 en el Parlamento catalán. Un texto, aquél, cuyos 227 artículos (223 en el texto definitivo) giraban en torno a tres ejes: a) Reducir al mínimo la presencia del Estado en Cataluña; b) Bilateralidad entre el Estado y la Generalidad y c) Preocupación por la presencia “nacional” de Cataluña en el Estado y en el ámbito internacional.

Si alguien desea comprobar hasta qué punto las reivindicaciones nacionalistas no han hecho sino dispararse hasta cotas que antaño eran inimaginables, le bastaría con leerse el Estatuto de Cataluña de 1932 y compararlo con el aprobado ahora, 74 años después: “Cataluña se constituye en región autónoma dentro del Estado español”, decía el artículo 1 de aquel Estatuto.

Si, por otra parte, se repasan las competencias exclusivas de aquel Estatuto de 1932 con el aprobado en Referéndum el 18 de junio de 2006 se llegará fácilmente a la conclusión de que el tiempo, en efecto, no ha pasado en balde. ¿Y qué decir del sistema fiscal y financiero? Y todo ello sin que la fortísima inmigración castellano-parlante que Cataluña tuvo durante, por lo menos, veinte años durante el franquismo haya atemperado esas demandas nacionalistas.

Como es evidente, el nuevo marco político-territorial que quedará dibujado al final del proceso estatutario actualmente en marcha puede ser analizado desde múltiples puntos de vista: constitucional, cultural, administrativo, financiero, funcional, etc. pero me limitaré aquí a dibujar un escenario y un horizonte. El escenario en el que actúan, desde el punto de vista institucional, dos elementos: el Estado (entendido como organización nacional), vale decir, las Cortes Generales, el Gobierno, los altos tribunales… y de otro las emergentes Comunidades Autónomas. Y un horizonte, el modelo territorial que se dibuja en el límite.

Políticamente, estamos ante un proceso iniciado y regido por los distintos partidos (nacionalistas o no) y las correspondientes burocracias entre las cuales es preciso señalar un nuevo actor: los liderazgos o, si se quiere, las burocracias intrapartidarias nacidas al socaire de la propia descentralización política. En otras palabras: en el seno de los partidos de ámbito nacional han surgido relevantes y actuantes “poderes locales” dispuestos a defender sus intereses presentes y futuros. Poderes que están dispuestos a emular en el plano autonómico cualquier reivindicación competencial o presupuestaria, ilustrando con gran precisión la ley de oro de toda burocracia: reclamar las mayores competencias para ejercerlas con las mínimas exigencias de responsabilidad.

Personas e intereses, “barones y baronías” que, a menudo, determinan con sus votos sindicados el destino de los líderes nacionales, cuya supervivencia política depende de ellos, de esas voluntades en los Congresos nacionales de los partidos. Son éstos quienes dirigen y manejan el proceso de emulación, que se puede resumir en una frase que hizo fortuna: “café para todos”.

En efecto, al proceso de “afirmación nacionalista” se une, en paralelo o inmediatamente después, otro no menos significativo: el de emulación, cuyo paradigma queda bien descrito con la “fórmula Camps” (propuesta por el Presidente de la Comunidad Valenciana para el nuevo Estatuto valenciano) consistente en acogerse a todo lo que consiguiera en su Estatuto Cataluña. También el Consejero de Presidencia de la Junta de Andalucía lo expresó muy gráficamente cuando le tocó defender la nueva definición de Andalucía (“Realidad Nacional”): “Andalucía no va a ser menos que nadie”, eso dijo. De todo ello cabe deducir que, desde el punto de vista de las burocracias políticas ajenas a Euskadi y a Cataluña, el término nación que los nacionalistas intentan introducir significa, en la práctica, sólo más competencias, más dinero o las dos cosas. En mi opinión, se equivocan, pero esa respuesta del “café para todos”, también en el ámbito de las definiciones autonómicas (nación, nacionalidad, región, etc.) conduce a una carrera, a una emulación más bien ridícula. Por ejemplo, en Asturias se ha hablado a este propósito de “Nación originaria” (?).

Estamos, pues, ante un proceso iterativo cuyo impulso es la emulación y donde a cada ronda de café para todos se abre una nueva reivindicación por parte del hecho diferencial. Un hecho diferencial que nadie quiere definir, pero que para cualquier ciudadano normal está más claro que el agua y puede expresarse así: existe un hecho diferencial en aquellas partes de España donde suelen ganar las elecciones los nacionalistas… y punto.

Resulta obvio que “el hecho diferencial” es incompatible con el “café para todos”. O dicho finamente: si se atiende al “hecho diferencial” se ha de renunciar a cualquier tipo de Estado Federal o federalizante, incluido el Estado Autonómico tal y como se ha ido construyendo en España a partir de 1978.

En cualquier caso, el proceso ahora en curso, al que bien podíamos denominar el de la “España plural”, no ha tenido muchas justificaciones teóricas ni ha disfrutado, apenas, de avales académicos o intelectuales. Más bien todo lo contrario: han abundado las críticas hasta niveles más que significativos, pero lo curioso es que, por primera vez en nuestra democracia, los políticos promotores del proceso y sus avalistas no se han dignado ni contradecir ni aceptar las críticas, simplemente se han dedicado a ignorarlas. El ninguneo ha sido la norma, lo cual demuestra dos cosas: 1) lo ayunos de argumentos que estaban los promotores del proceso y 2) el desprecio que sienten hacia quienes se atreven a no comulgar con sus recetas. En cuanto al debate interno en los partidos… mejor lo dejamos para otra ocasión.

En cualquier caso, este desprecio por la inteligentzia y por el debate ponen de manifiesto un hecho preocupante: la endogamia creciente entre los políticos españoles. Se está imponiendo Juan Palomo y su autosuficiente yo me lo guiso y yo me lo como.

Además, en las tímidas justificaciones del nuevo impulso descentralizador han abundado los argumentos mentirosos. Por ejemplo éste, tan repetido: “Nuestro Estatuto cumplirá pronto sus 25 años y parece razonable pensar que algunas cosas deberán adaptarse a los nuevos tiempos” (copio esta declaración de un cargo institucional autonómico y socialista). Pues bien, eso es falso: los cambios introducidos paulatina, pero constantemente, en todos los estatutos, empezando por las competencias y terminando por el sistema de financiación, han sido tales y de tal envergadura que “al inicio de este segundo proceso descentralizador muchas han sido las voces autorizadas que han puesto de manifiesto que el camino descentralizador que cabía recorrer aún, sin afectar al marco general previsto en la Constitución, era ya muy reducido” (Roberto L. Blanco Valdés).

Naturalmente, en cada ronda de café para todos, en cada iteración hacia un “mayor Autogobierno”, el Estado pierde una parte de sus recursos y de su presencia pública, en suma, pierde capacidad política para cedérsela a los mezzogobiernos, dentro de un mapa regional demográficamente heterogéneo y, a menudo, inviable. Lo curioso del caso es que este proceso, mediante el cual el Estado puede acabar quedándose sólo con la cuerda del salchichón, le parezca bien a una izquierda nueva que contradice a la antaño partidaria de estados fuertes. Una nueva izquierda cuyo discurso “federalista” es, simplemente, confuso, porque el proceso iterativo arriba descrito no conduce a ningún estado federal, ni siquiera a uno confederal.

Hablemos claro: estados federales existen, por ejemplo: los Estados Unidos de América o Alemania y, sin entrar en si allí, en los estados norteamericanos o en los lander alemanes, caben regiones del tamaño de La Rioja, podemos asegurar que entre los Estados Unidos y Alemania, por un lado, y España, por el otro, existe una diferencia sustancial, determinante, que es la siguiente: nadie en los Estados Unidos pretende la independencia de Carolina del Norte, de California o de Florida y lo mismo ocurre con Renania o con Baviera dentro de Alemania. Pero aquí, en España, el nacionalismo vasco, el catalán, el gallego… quieren separarse de España, niegan su existencia como nación (ellos nunca pronuncian la palabra España sino que hablan del “Estado español”) y no pierden ocasión para afirmar, no la diferencia, sino su escaso aprecio por el conjunto y por su expresión jurídico-política, es decir, por la Constitución.

Prueba evidente del carácter inestable del proceso actual son las palabras pronunciadas nada más concluir la campaña del Estatuto de Cataluña (junio 2006) por el líder de CiU, Artur Mas: “Éste (del Estatuto) es un paso más, pero queda mucho camino por recorrer en el proceso de autogobierno. Eso sí –añadió- a partir de ahora podremos hablar a España de tú a tú”. Estas declaraciones podrán ser calificadas de muy diversas formas, pero no podrán ser tachadas de ambiguas u oscuras, pues son claras como el agua clara.

El hambre (o la voracidad, según se mire) de autogobierno que sienten los nacionalistas –como vemos, también los “moderados”– no parece que vaya a saciarse con este Estatuto (ni con ninguno). Por otro lado, el tú a tú del que habla Artur Mas no se refiere sólo al Estado y a sus instituciones, el tuteo se refiere a España como nación, igual tuteo del que realizan con nuestro país otras naciones independientes como Italia, Francia, Alemania… o China. Tuteo con una España de la que Cataluña, supuestamente, no forma parte.

Llegado a este punto, me atreveré a entrar en un tema tabú, intocable: las lenguas. No tengo que decir que el uso de una lengua distinta del castellano, ya sea el catalán, el euskera o el gallego, es un derecho que la Constitución acoge y protege, pero también el texto constitucional dice que “El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho de usarla” (art. 3). En otras palabras, lo que la Constitución consagra en los territorios con otra lengua distinta del castellano es el bilingüismo (como lo recogía también el Estatuto catalán de 1932) y ningún proceso de “normalización lingüística” puede ir en contra de ese mandato.

Cualquiera que viva en Cataluña o la visite percibe inmediatamente que en la calle, en al sociedad catalana, conviven el castellano y el catalán sin ningún problema digno de reseñar y, si eso es así, ¿por qué las lenguas se han convertido en un problema político? Pues porque los nacionalistas de cualquier obediencia consideran a su lengua como un elemento determinante de la identidad colectiva y, por otra parte, tratan al castellano como si fuera una lengua impuesta por la fuerza, pese a que más de la mitad de los catalanes, es decir, de los ciudadanos que viven y trabajan en Cataluña, tengan hoy como lengua materna precisamente el castellano.

No estamos ante una guerra entre lenguas, estamos ante un problema identitario que conduce a una discriminación contra las personas a causa de su lengua materna. Y eso es lo que viene pasando y se va a incrementar con el nuevo Estatuto.

Y viene pasando, entre otras cosas, porque la última Ley de Política Lingüística del Parlamento catalán (1997) no fue recurrida ante el Tribunal Constitucional ni por el Gobierno de Aznar, que necesitaba los votos de CiU, ni por el Defensor del Pueblo, sobre quien se ejerció todo tipo de presiones para que no presentara recurso de inconstitucionalidad.

El Estatuto aprobado el 18 de junio de 2006 echa un par de paletadas más sobre el asunto: 1) “Todas las personas en Cataluña tienen el derecho de utilizar y el deber de conocer las dos lenguas oficiales”. Se establece así la obligatoriedad de dominar el catalán para todas las personas que vivan en Cataluña y 2) “La lengua propia de Cataluña es el catalán. Como tal, el catalán es la lengua de uso normal y preferente de todas las administraciones públicas y de los medios de comunicación públicos en Cataluña, y es también la lengua normalmente utilizada como vehicular y de aprendizaje en la enseñanza”.

Si esto no es una discriminación contra los castellanohablantes, que venga Dios y lo vea. Y por serlo es también una discriminación para los menos dotados económica y socialmente, los inmigrantes del resto de España y sus descendientes. Estamos ante una política que pretende tratarlos y los trata como extranjeros en su propio país. “Si un español emigra a Inglaterra, lo que ha de hacer es aprender el inglés” es un argumento que los catalanistas suelen exhibir para exigir a todo el mundo en Cataluña el uso del catalán. Se olvidan -y no por casualidad- que un andaluz en Inglaterra es un extranjero, pero cuando se desplaza a Cataluña no sale de su propia nación.

Las normas internacionales, por ejemplo, las de la UNESCO, respecto a la enseñanza recomiendan una obviedad: los niños deben ser escolarizados siempre en su lengua materna. Es tan paradigmático como penoso ver cómo notables pedagogos catalanes han sacrificado estas elementales normas en el altar de su catalanismo.

Pero no han sido sólo los pedagogos quienes han teorizado, practicado y ejecutado el ombliguismo catalanista. Muy representativos escritores también se han pronunciado en la misma dirección en lo tocante a la creación literaria. Veámoslo.

En el número de julio y agosto de 1977 –inmediatamente después de las primeras elecciones democráticas y en vísperas del debate constitucional- la revista Taula del Canvi, catalanista de izquierdas, planteaba una pregunta a una serie de intelectuales anti-franquistas de indudable valía (Salvador Espriu, Manuel de Pedrolo, Joaquín Molas, Antoni Comas…).

El asunto se las traía desde la propia formulación de la pregunta, que era ésta:
¿A los catalanes (de origen o radicación) que se expresen literariamente en lengua castellana hay que considerarlos como un fenómeno de conjunto que hay que liquidar a medida que Cataluña asuma sus propios órganos de gestión política y cultural? (los subrayados son míos).

Antes de considerar las respuestas ha de tenerse en cuenta que a ese “fenómeno de conjunto” pertenecían –y pertenecen- los hermanos Juan, José Agustín y Luis Goytisolo, Vázquez Montalbán, Carlos Barral, Juan Marsé, Eduardo Mendoza y un largo etcétera, amigos y compadres de quienes respondían así:

  • Salvador Espriu: “Espero y deseo que sí”.
  • Manuel de Pedrolo: “No hemos de discutir a nadie el derecho a escribir en la lengua que quiera, pero nadie tiene derecho a convertir una lengua forastera en un arma de destrucción de la identidad del pueblo al cual pertenece o en el cual se inserta”.
  • Antoni Comas: “Como hecho colectivo, como fenómeno de conjunto, hay que liquidarlo a medida que Cataluña recupere su autonomía”.
  • Joaquín Molas: “Si las soluciones son las que deberían ser, los que utilizan la lengua castellana tenderían a desaparecer”.

Entre tanto ardor guerrero y exterminador destaca, por extraña, una propuesta razonable:

  • Francesc Vallverdú: “La cultura catalana se puede manifestar y de hecho se manifiesta en diversas lenguas”.

Tan tempranas y amenazadoras manifestaciones de catalanismo identitario y arrasador deberían haber puesto en guardia, al menos, a dos entes políticos: 1) a los inmigrantes llegados a Cataluña y, en general, a los castellanohablantes y a sus representantes políticos y 2) a los partidos de ámbito nacional. Pero todos prefirieron mirar para otro lado, pensando, quizá, que la sangre no llegaría al río, que tales posiciones radicales, como otras muchas de entonces, se atemperarían en el marco constitucional que ya se estaba elaborando. Mas, fuera como fuera, el hecho de que nadie –excepto algunas voces aisladas u otras pertenecientes al declinante franquismo- quiso señalar unos límites, al menos intelectuales, a semejante desbarre. Luego vino un largo periodo de ambigüedad manejado magistralmente por un político todoterreno como Jordi Pujol. Político de habilidades indudables y de temple moderado en todo menos en lo tocante a la cultura catalana, y muy especialmente en aquello que se refiera a la lengua catalana como principio y fin de la etnia, de la identidad nacional.

Dado que los artículos del Nuevo Estatuto referidos a la obligatoriedad de la lengua catalana serán recurridos ante el Tribunal Constitucional, conviene recordar aquí una sentencia de este Alto Tribunal; la del 26 de junio de 1986, cuando presidía dicho Tribunal Francisco Tomás y Valiente. En esa sentencia, contraria a la obligatoriedad de la lengua gallega, se lee lo siguiente: “Pues el citado artículo (el 3 de la Constitución) no establece para las lenguas cooficiales ese deber (el de ser conocidas), sin que ello pueda considerarse discriminatorio”. No creo que sea descabellado pensar que el TC se atendrá en este asunto a su propia jurisprudencia.

Llegados a este punto, bien podemos describir, sintéticamente, la situación. En primer lugar, la tan alabada –y no sin razones- Constitución de 1978 ha servido para muchas cosas y consiguió embridar a muchos de los caballos desbocados que habían galopado sin freno, como el de Atila, por las tierras de España en el próximo pasado. La Constitución, por ejemplo, enterró el guerracivilismo de ambos bandos, pero no consiguió meter a todos los equinos en el corral y algunos de quienes la aprobaron (como los nacionalistas catalanes) o se abstuvieron (como los nacionalistas vascos), ya se ha visto desde entonces, no estaban dispuestos a ceder nada de su programa máximo. El propio texto constitucional se resiente de ello. Basta leer el Título VIII para darse cuenta. Un Título VIII que, por lo que se ha visto, vale lo mismo para un roto que para un descosido. Precisamente eso tratan de hacer los nacionalistas: un descosido.

Por otra parte, la Constitución Española contiene en su interior una Ley electoral que otorga enormes ventajas a las formaciones políticas que concentran sus votos en unas pocas circunscripciones, es decir, una ley electoral que prima ¡y de qué modo! a los partidos nacionalistas. Los prima hasta hacerlos los únicos garantes de la gobernabilidad en los casos en los que ninguno de los dos grandes partidos nacionales (ahora PP o PSOE) obtiene mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados.

En estas condiciones, si se abre un proceso territorial como el que estamos viviendo en la actualidad, en el cual, necesariamente, se establece una negociación entre los representantes del Estado (Gobierno, Cortes Generales, etc.) y los nacionalismos, parecería lógico pensar que cada interlocutor ha de poner sobre la mesa sus reivindicaciones respecto a la otra parte. Sabemos cuáles son las reivindicaciones nacionalistas: catalana, vasca, gallega… y también las de las otras autonomías y las podemos resumir sin tapujos diciendo: lo que quieren es el mayor número posible de lonchas de la parte del salchichón que aún está en manos estatales. Pero ¿cuáles son las reivindicaciones de los representantes del Estado respecto a sus interlocutores nacionalistas? ¿Renuncian éstos a sus programas máximos o al menos otorgan una tregua de equis años en sus reivindicaciones? ¿Están dispuestos a considerar el cierre del Título VIII, es decir, al establecimiento definitivo de todas las competencias y presencias que permanecerán en el Estado? ¿Se les reclama su acuerdo para cambiar la Ley electoral?

No sé si estas cuestiones están sobre la mesa de la discusión política, pero donde no están es en los medios de comunicación, lo cual hace sospechar que tampoco son objeto de atención por parte de la citada mesa política. Y si ello es así, asistimos a un proceso dialéctico desigual, en el cual unos están destinados a ceder y los otros a ganar. Dicho en otras palabras: no existe un toma y daca. Ni siquiera el de la prórroga reivindicativa de las aspiraciones nacionalistas, pues los estatutos ahora en proceso de cambio son sólo “un paso más”, como ha dicho el líder de CiU ya citado aquí.

Pero a nadie se le escapa que las competencias y recursos del Estado constituyen un conjunto finito y, por lo tanto, o desaparece el Estado o las curvas reivindicativas de tipo territorial, sean nacionalistas o no lo sean, han de estar acotadas. Limitadas por arriba por una asíntota horizontal de la cual no pueden pasar.

Lisboa antigua y señorial

Puesto que hoy resulta imposible ejercer de viajero y mucho menos emular a Byron o Gautier, uno, dentro de su humildad, pretende alcanzar el título de turista incompetente. Mas el aprendizaje de esta particular especialidad, aunque pudiera parecer sencillo, no lo es en absoluto. El destino es ola con tal fuerza impulsora que, por ejemplo, quien decidió tan solo darse una vuelta por Lisboa, acabó por ir a escuchar fados. Fue así como el turista incompetente visitó en el Barrio Alto una casa-restaurante que lleva el nombre de María Severa, la mujer que en los años veinte del siglo XIX hizo populares los fados.

El turista acudió –ya se ha dicho- para escuchar fados, pero fue compelido, como los niños desganados, a alimentarse por la fuerza. Tal es la norma: hay que cenar allí. Entre el público oyente y comensal, una mitad eran foráneos y la otra portugueses; esto último constituía un alentador indicio acerca de la calidad de los cantantes que, en efecto, eran buenos.

Como la vida está hecha de compensaciones y a una alegría sigue, inexorable, una desgracia, al turista le tocó en suerte una mesa al lado de otra larga y poblada por dos familias mexicanas, llegadas del DF o, quizá, de Toluca, aunque para el caso poco importa. El charro que, entre ellos, ejercía de patriarca, era un señor entrado en años y parecía recién salido de la película que realizó, precisamente en México, Luis Buñuel, basándose en una obra de Arniches: “Don Quintín, el amargao”. No paró el hombre de solicitar a los sucesivos intérpretes que cantaran “Lisboa antigua”. Terminaba una pieza y, mientras el público aplaudía, por encima del ruido de las palmas se oía, firme, la voz de D. Quintín pidiendo el tan deseado título y, luego, al no ser atendida su imperativa solicitud, en voz bien alta, quienes en derredor estaban hubieron de soportar sus maldiciones por el nulo caso que, uno tras otro, los cantantes, hacían a su demanda.

Pasadas ya las doce y a punto de concluir el espectáculo, la última cantante se apiadó, al fin, del mexicano y atacó la tan ansiada “Lisboa antigua” que fue coreada por el grupo familiar en pleno y en su versión castellana, lo cual no dejó de producir algún espanto entre la concurrencia. No más hubo acabado la canción, D. Quintín, sin dejar de aplaudir y poseído por el éxito, tocó retirada. “Ahora ya nos podemos marchar”, dijo, y uniendo la acción a la palabra, levantó el campamento.

El tímido suele ser sufridor, pues propende a sentir como propio el ridículo ajeno y más si se trata de un compatriota y, ¿qué otra cosa podrían pensar los portugueses allí presentes de quien hablaba en castellano, sino que era español? El turista pensó que los lusos eran incapaces de distinguir los sutiles acentos que separan las hablas castellanas de acá y de allá del charco. En fin, que aparte los colores comunes de ambas banderas, el turista incompetente mantenía la hipótesis de que pocos lazos existen entre Portugal y México. Pero en esto también se equivocaba y lo podremos comprobar al hilo de una curiosa historia.

En 1822, Brasil proclamó su independencia y elevó a la categoría de Emperador a Pedro de Braganza, quien allí recibió el nombre de Pedro I. Era Pedro hijo, liberal eso sí, del entonces rey de Portugal, Juan VI. A la muerte de éste, en 1826, Pedro accedió también al trono de Portugal, abdicando en su propia hija, que recibiría el regio nombre de María II.
Es este Pedro I de Brasil y IV de Portugal quien da nombre a uno de los lugares más conocidos y visitados de la “ciudad baja” en Lisboa, que los portugueses de a pie llaman plaza del Rossio. Como tantos espacios lisboetas, su configuración actual data de los tiempos del Marqués de Pombal, pero la plaza existía desde el siglo XIII y en ella la Inquisición celebró numerosos y brillantes autos de fe. Precisamente en el límite Norte de la plaza y en el lugar que ocupa, desde 1840, el Teatro Nacional Doña María II, se ubicó entre 1534 y1820 el palacio del Santo Oficio. Y no se crea que aquel inmueble fue destruido por mano humana sino divina, pues, golpeado primero por un muy conocido y publicitado terremoto, acabó siendo pasto de las llamas en 1836.

Plaza del RocïEn el centro de esa plaza, sobre una altísima columna, en cuyo zócalo están representadas las virtudes cardinales, se encuentra una estatua en bronce representando a Pedro IV, el rey portugués y emperador de Brasil. Empero, según se asegura, y “si non e vero, e ben trovatto”, el personaje colocado allí a tanta altura nunca pretendió ser emperador de Brasil, sino de México. Explicaré el cambiazo.

A cuenta de unas deudas que el Gobierno mexicano de Benito Juárez se negaba a pagar, aprovechándose, además, de la recién iniciada guerra de Secesión norteamericana, Francia, Inglaterra y España, apoyadas por los reaccionarios mejicanos y su Iglesia Católica, enviaron un cuerpo armado, expedicionario, que desembarcó en Veracruz en diciembre de 1861. Británicos y españoles (Prim no tenía ya el cuerpo para nuevas aventuras coloniales) pronto se retiraron del empeño, pero Napoleón III siguió y colocó en el trono imperial de México a Maximiliano de Austria, casado con Charlotte, hija del rey de Bélgica y hermano de Francisco José I, el emperador de Kakania. El proyecto geopolítico galo acabó como el rosario de la aurora, pues concluida la guerra civil norteamericana, los EE.UU. amenazaron con los males del infierno al Vaticano y a los gobiernos de Viena y de París si no se retiraban de América, de suerte que el 12 de marzo de 1867 los soldados franceses, al mando del general Aquiles Bazaine, salieron con el rabo entre las piernas desde Veracruz hacia Europa.

Maximiliano, empecinado el hombre, se acabó encerrando con nueve mil de sus parciales en Querétaro, ciudad que fue sitiada por las tropas de Juárez (40.000 hombres) el 5 de mayo de 1867. Traicionado y abandonado, Maximiliano se rindió diez días después. Un juicio sumarísimo lo condenó a muerte y, pese a los ruegos y súplicas de las cancillerías europeas, fue fusilado en Querétaro junto a dos de sus generales el 19 de junio de 1867. Hay un cuadro de Manet que representa ese fusilamiento.

Dos españolas notables y rivales (ambas fueron amantes del Duque de Sesto) jugaron algún papel en todo aquello. Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, y Pepita Peña, casada en México con el general Bazaine, héroe de Sebastopol que, como ya se ha dicho, mandaba en México la tropa francesa. Este Aquiles, tras la derrota que años más tarde sufrió el Ejército francés en Metz frente a los prusianos, a causa de la cual fue condenado en un consejo de guerra, acabaría sus días exiliado en Madrid, abandonado por Pepita, solo y arruinado. Pero volvamos a Lisboa.

En la primavera de l867, un barco fletado en El Havre, cuyo puerto de destino era Veracruz, llevaba a bordo una estatua en bronce de Maximiliano, que éste había pensado plantar en los jardines de Chapultepec. El caso es que el capitán de aquel barco se enteró, mientras hacía escala en Lisboa, del fusilamiento en Querétaro. Pensó, con buen sentido, que de poco iba a servir ya la estatua en México y ordenó desembarcarla, dejándola en manos de las autoridades lisboetas. Éstas, sorprendidas por el tamaño, el noble material y la apostura del emperador, tomaron una sabia y práctica decisión. Mandaron colocarla en el lugar que ya ocupaba otra, algo tosca, de Pedro IV. Al fin y al cabo, ¿quién, a esa distancia y sin haber visto jamás ni al emperador brasileño ni al otro, podría apercibirse de la diferencia? Así que, sin darle un cuarto al pregonero, ordenaron izarla y allí está, en tan altos destinos, para solaz de cuantos en la plaza estén dispuestos a levantar sus ojos y con algún esfuerzo de las cervicales admirarla en su altura.

La decisión, sin duda, fue arriesgada, pero también fue desmitificadora y en eso contrasta, para ventaja de los portugueses, con otras decisiones hispanas que, queriendo recuperar imágenes imposibles de la historia, resultan ridículas. Por ejemplo, la colección de estatuas que hoy adornan la plaza de Oriente en Madrid (¿por qué se llamará de Oriente esa Plaza que está en el Occidente de la Villa y Corte?) y que fueron encargadas para rematar las alturas del Palacio Real. No se sabe muy bien si por razones estéticas o por otras, esas estatuas nunca subieron allá arriba y se quedaron varadas en más humildes podios, casi a ras de tierra, con sus nombres, eso sí, impresos en la piedra, entre los que destacan los de algunos reyes visigodos, los Wambas y Recaredos allí esculpidos, intercambiables entre sí, que en nada pueden parecerse a los modelos doblemente reales.

Preferible es, a todas luces, el cambiazo lisboeta, pues de él, al menos, se puede sacar una conclusión igualitaria: sic transit gloria mundi.