VÍCTIMAS Y VERDUGOS
Caín y Abel (Chagall)

Javier Reverte, en su libro de viajes Vagabundo en África, acerca de su segunda incursión viajera y literaria por aquel continente, cuenta una conversación durante 1997, en Ruanda, país que en 1994 sufrió una terrible masacre, (ochocientos mil tutsis y hutus moderados fueron allí asesinados). El interlocutor de Javier Reverte se llamaba Athos (naturalmente, sus otros tres hermanos llevaban los nombres de D’Artagnan, Portos y Aramis) y había perdido en aquella matanza a sus abuelos, un primo y una cuñada, «¿Cree usted que los tutsis podrán perdonar algún día?», le preguntó Reverte.
-Yo puedo perdonar -contestó Athos-, pero no creo que los tutsis puedan hacerlo. ¿Han olvidado los judíos el Holocausto? No. Hace más de cincuenta años y no olvidan. ¿Cómo quieren que nosotros olvidemos en tan solo tres años? Respóndame a una pregunta: ¿en España han olvidado la guerra civil?
Javier Reverte le contestó: -Yo creo que sí. Que los españoles sí han olvidado. Quizá porque ya ha pasado medio siglo de aquella barbaridad.
-No es por eso -aseguró Athos- Es porque ya murieron los verdugos.
Athos tenía mucha razón. Son los verdugos quienes jamás perdonan. Son ellos los que llevan en su corazón y en su memoria la perenne presencia de su hazaña destructora. Son ellos quienes no desean ser perdonados. Han de vivir el resto de sus días justificando sus asesinatos. Asegurando públicamente que volverían a cometer los crímenes, si la ocasión se repitiera. Lo hacen para alimentar su podrida conciencia. Una conciencia que sin ese sucio alimento los destruiría. Es el miedo de los verdugos a la verdad el que hace imposible el perdón. Ese miedo incompatible con la piedad propia y con la ajena.
Y esa impiedad no sólo es la de los verdugos “oficiales” la de los Stalin, Hitler, Franco o Pol- Pot, también está en las miradas y en las sonrisas altaneras de los etarras cuando miran a las familias de sus víctimas desde el banquillo de la Audiencia Nacional.
La muerte, el asesinato, el fusilamiento, el aniquilamiento, nunca puede ser una opción para un gobierno. El miedo es lo que provoca que los gobernados callen, aguanten y traguen. Pero una vez dicho esto, tampoco creo en el ojo por ojo sangriento, en la revancha de la víctima.
Aquí, muchos callamos en la transición sobre los asesinatos del franquismo, para que España tuviera un futuro democrático. Puedo perdonar pero nunca olvidar.
Hay más gente que no olvida.
Quien quiera que haya impulsado una Ley de Memoria Histórica que no contempla que hubo víctimas en los dos lados sigue con el corazón lleno de rencor.
Hola, ¿no se marchaba Usted? Le recomiendo Yo estreché la mano del diablo, del General Romeo Dalaire. Sólo conozco una edición en frances, en España no creo que esté editado.
Buen dia.
Por eso de su podrida conciencia sólo puede salir podredumbre.
Por eso nunca debemos dejarnos engañar.
Por eso sólo deben recibir el más absoluto de los desprecios y el más absoluto de los rechazos.
hay tantas cosas que los hombres no saben
entre ellas, que el famoso dicho de “haz el amor y no la guerra” debería estar cada día más vigente
http://www.loqueloshombresnosaben.blogspot.com/
perdonar, puede
olvidar nunca
http://www.loqueloshombresnosaben.blogspot.com/
¿Y para entender eso tuvo que viajar Javier Reverte tan lejos en el espacio y su interlocutor a tan remoto tiempo?
Si la realidad sangrante de ahora tampoco está tan alejada de aquí.
Muy bueno el texto, pero la ilustración ¡es la locura!
Quisiera hacer un segundo comentario con un premeditado y socrático retraso.
En asuntos tales como las tiranías y sus diferentes formas, después de los pensamientos desde abajo son obligados los pensamientos desde arriba. Sobre todo en la perspectiva de cómo se puede contribuir a que estas situaciones no se prolonguen en el tiempo.
¿Cuanto desprendimiento se necesita? ¿Con cuanta firmeza hay que actuar y cómo ejercerla? ¿Cuantos y con qué grado de compromisos hay que actuar? ¿Qué inteligencia y capacidad se necesita? Sin duda se necesita mucho de todo y, además, mucha paciencia y habilidad.
Porque no se trata tanto de un pasado y un futuro que hay que resolver, perspectiva que en cierta manera nos descargaría de una responsabilidad de ahora. Se trata de resolver nuestro presente como forma de no demorar nuestras obligaciones y responsabilidades, con independencia de los costes políticos. Este debe ser el inicio que la inteligencia oblige.
No ha de deternos el desgarro del desprendimiento que doliendo anestesia. Y la inteligencia no debe atender a necios, ni a miserables interesados, ni a indiferentes egoistas. Negando la mayor a locos iluminados, a”gafes”, a frailes atrabiliarios…
El compromiso hay que ganarselo desde la insistencia con lucidez; desenmascarando estrategias por sus propias contradicciones; rompiendo alianzas intolerables por inmorales y y faltas de ética ( que ahora precisamente se están dando entre quienes más deberían ejercer la moral y la ética).
En definitiva, hay que trabajar con denuedo para hacer posible la confluencia de las gentes oportunas que son las que en realidad hacen aflorar los momentos oportunos.
Y todo ello desde el convencimiento de que dejar que el final de cualquier tiranía sea como consecuencia de la extrema consunción y muerte del tirano, no deja de ser el último fracaso para los hombres y mujeres que la han sufrido.