La mejor banca del mundo

A finales de 2008, Ana Patricia Botín invitó a cenar a un pequeño grupo de empresarios de su confianza. Quería informarles de que según ella sabía, la Banca española (Bancos y Cajas) tenía otorgados créditos a promotores inmobiliarios (no hipotecas individuales sobre pisos ya construidos sino sobre suelo sin desarrollar y sobre edificios sin vender) por un valor de 400.000 millones de euros. “A mi juicio, las cosas están muy mal –dijo la señora Botín- aunque mi padre es algo más optimista que yo”.
Las preguntas son obvias: si la joven Botín estaba preocupada por lo que ella conocía, ¿por qué en esas mismas fechas el Presidente del Gobierno y el Gobernador del Banco de España repetían, como un mantra, que el sistema financiero español era el más sólido del mundo?
En los años previos a la crisis la actividad de la construcción en España, medida a través de las toneladas de cemento consumido, era mayor que la realizada en el mismo sector por Alemania y Francia juntas, ¿cómo fue posible que los dirigentes financieros corrieran tamaños riesgos? ¿Nadie les advirtió de que seguir hinchando el globo era suicida? Y el Gobierno, ¿cómo siguió cebando aquella burbuja a base de desgravaciones fiscales para la compra de viviendas?
La culpa de aquellos polvos no la tuvo el maestro armero sino la falta de profesionalidad unida al aventurerismo más infame y ambos se merecen –aunque yo no sabría decir cuál- un castigo ejemplar. Un “nunca más”.
Está archidemostrado que el origen de la crisis actual, con sus terribles secuelas, estuvo en las malas prácticas del sistema financiero. Y las dificultades para salir de ella siguen residiendo ahí. Lo diré de otra forma: o se practica rápidamente un cateterismo sobre el infarto financiero o el corazón de la economía se colapsará. El problema más acuciante no está en el déficit público –aunque también- sino en la fluidez del crédito.
La situación es, en verdad, muy grave y, entretanto, nuestros representantes políticos siguen a su bola. Unos, los del PP, predicando que la necesidad de los recortes es, realidad, una virtud y otros, los de la Oposición, queriendo convencernos de que los recortes son un capricho del malvado Rajoy. Unos y otros trabajan en campo cerrado, mirando fijamente hacia el ombligo del adversario y creyéndose que están jugando un juego de suma cero en el que lo que ganan los unos lo pierden los otros. Pero no es así, en ese inútil juego perdemos todos.

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